miércoles, 9 de octubre de 2024

EL CULTO A LA VIRGEN DE LOS DOLORES EN ACATZINGO

 

Vista panorámica de la Parroquia de la Soledad en Acatzingo. Foto: Pedro Mauro Ramos Vázquez, 2023.

Angélica Olea Prieto*

La vida religiosa novohispana ha sido dominada por imágenes sagradas. Los franciscanos y otras instituciones religiosas introdujeron y propagaron el culto en el virreinato, particularmente la orden de frailes menores tuvo especial predilección por la adoración mariana[1], misma que se arraigó con gran fuerza entre los naturales. En la segunda mitad del siglo XVII la Virgen María como “Dolorosa”, actitud en que suele representársele después de la muerte de su hijo, gozó de una amplia veneración; prácticamente no hubo iglesia de la época que no mantuviera en su interior una imagen de María sufriente. La Dolorosa, en la iglesia de Acatzingo es uno de los testimonios de tal hecho.

Los artistas novohispanos[2] recurrieron a representar a esta imagen de la Virgen con los mismos recursos iconográficos intentados en el viejo mundo, por lo general, con las manos recogidas en el pecho, en actitud de implorar, con vestidura negra o morada. Este culto respondía a un solo motivo: representar el dolor de María. La santa imagen comenzó a ser adorada en Acatzingo desde 1609[3]. Según el obispo Pedro Vera y Zuria, por intercesión suya Dios concedió innúmeros favores y prodigios, y a esto se debe el culto tres veces secular, que llegó a su mayor esplendor en la segunda mitad del siglo XVIII[4].

La pintura anónima de la virgen de Dolores en la parroquia de Acatzingo  obedece al género popular. En ella se hace presente lo misterioso, trascendente o divino. Según la tradición, la imagen, de procedencia desconocida, fue encontrada misteriosamente. Después de su aparición, la Dolorosa se fue convirtiendo en imagen de gracia, ya que los devotos acudían masivamente para implorar gracias y favores de toda clase. La imagen terminó siendo el centro de atención y peregrinaje de innumerables devotos de otros municipios como Quecholac, Yehualtepec y Tlacotepec.

Con el tiempo, la adoración por la Virgen fue en aumento, el retablo y algunos escritos daban renovados impulsos a la propagación de sus beneficios protectores. Durante los festejos del viernes de Dolores los naturales mostraban un gran respeto hacia la imagen y participaban con entusiasmo en las procesiones. Hacia 1640 la parroquia fue secularizada por Juan de Palafox, entonces se produce una lucha entre el clero secular y el regular[5]. Estos últimos tenían su convento, pero al primer párroco D. Juan Granado y Silva, que continuaría la labor ayudado por dos o tres vicarios, le hacía falta una iglesia parroquial digna del curato, de manera que se construyó ésta en el lado norte de la plaza mayor, con 45 metros de largo, 13 de alto, 13 de ancho y 2 torres por campanarios[6].

Los testimonios de los feligreses, en particular de los labradores, dan cuenta  de la construcción de la capilla de Dolores, anexa a la parroquia, cuyas dimensiones son 7 metros de ancho por 27 de largo. Fue terminada en 1719 y decorada en 1761 al estilo churrigueresco con lujo extraordinario de oro, brocado, ónix y plata maciza, por obra del platero Antonio Fernández[7]. 

Alfombra colorida de aserrín en las calles de Acatzingo 
previa al inicio de la procesión de la Virgen (foto autor anónimo, septiembre 2024).

La venerable imagen de la Dolorosa, copia de la original de Sasso Ferrato[8], fue colocada en el trono del altar mayor entre ocho columnas corintias, bajo un dosel de gasas, como niebla matinal. Enormes ramilletes de lirios azules, rosas de oro y jazmines en jarrones griegos perfuman el altar. La capilla de la virgen de los Dolores, anexa a la parroquia, fue decorada entre 1750 y 1775[9]. Los retablos de los cruceros, gemelos en diseño, son de composición muy apaisada con soportes salomónicos. Toda la imagen está ambientada por la generosidad de los devotos y de toda suerte de exvotos que recuerdan y proclaman los milagros, curaciones y gracias por ella concebidas.

El retablo mayor de la capilla muestra una estructura reticular y una gran comprensión del valor del volumen, dispuesto sobre un banco abombado en cuya predela se dejan ver marcados por líneas mixtas cuatro santos escritores. La estructura se anima con la duplicación de los soportes en la parte central, zona donde los nichos son de forma variada[10]. El fanal de la imagen tutelar es rococó y corresponde a otra época. La postura de la imagen es elegante, las manos acusan expresividad, aun cuando hay sequedad en los gestos. Es notable el tratamiento en los ropajes que parecen quebrarse en múltiples aristas.

Hacia la mitad del muro izquierdo del templo parroquial se encuentra un arco que da acceso al santuario de nuestra señora de los Dolores. El santuario es una joya del siglo XVII, con colaterales churriguerescos, cuadros murales de Miguel Jerónimo de Zendejas, friso, lavabo y cúpula de azulejos en talavera. El camarín de la santísima Virgen, capilla octagonal con cúpula (1764), tiene frescos sobre la vida de nuestra señora y acabadas miniaturas de su coronación y de coros de apóstoles, mártires, confesores y vírgenes[11]. El altar y la balaustrada de plata de la capilla de Dolores, atestiguan la prosperidad del curato en la época colonial.

El culto a la Virgen de los Dolores adquirió gran importancia en la segunda mitad del siglo XVIII. En el padrón de 1791 se dice: “la parroquia tiene un gran culto por una imagen dolorosa a quien profesan gran devoción todos los lugareños y labradores de la comarca, con cuyos votos logra su capilla un magnifico adorno”. Los vecinos organizaron una manda en los pueblos de la jurisdicción utilizando la imagen de la  Dolorosa, lo que permitió la creación de una cofradía dedicada a ella.

Gracias a las giras de los demandantes la imagen se veneró no sólo en la iglesia o durante las procesiones, sino en los viajes que efectuaban. La cofradía de nuestra señora de los Dolores enviaba periódicamente a sus demandantes a localidades lejanas, para no perder el contacto con sus cofrades foráneos. En 1796 el cura de Acatzingo, Gaspar Mexías (1793- 1797) solicitó licencia para la imagen de la Dolorosa. Para apoyar su solicitud el eclesiástico argumentó que no se trataba de una demanda de limosna, sino de una percepción de los derechos (jornales) de los miembros de las cofradías dedicados a esta imagen (20[12]). Al final de la solicitud, el cura pedía que la persona encargada de la recepción pudiera llevar consigo una imagen de madera de la virgen para darles consuelo a los cofrades[13].

La solicitud se debía a que los integrantes de la cofradía de la imagen de la Dolorosa se hallaban dispersos por las provincias de Xalapa, Orizaba, Villa de Córdova y Mixteca Alta, y por la distancia hasta Acatzingo, no podían ir a dejar sus jornales personalmente.

Altar mayor con la virgen de la Soledad en la Parroquia de Acatzingo. Foto: Pedro Mauro Ramos Vázquez (2023).

Origen del culto

La devoción a la Madre de Dios bajo la advocación de nuestra señora de la Soledad, de la Amargura, de la Piedad, de las Angustias, de la Caridad y de los  Dolores, entre otras, proviene del siglo XIII, cuando se funda en Italia la Orden de los Siervos de María o servitas, cuyo objetivo y espíritu era fomentar, difundir y conservar la devoción a la Virgen[14].

Hacia 1425, cuando el uso del papel se hizo común en Europa, se difundieron estas representaciones de la Virgen María creadas por maestros alemanes y flamencos, hechas sobre láminas, por medio de troqueles de madera o grabadas sobre placas de metal. Una de las representaciones de la Dolorosa en México es la tallada bajo relieve en piedra en una de las capillas posas en el convento franciscano de Calpan, Puebla. Es la copia de un grabado alemán, de un siglo atrás. Esta representación iconográfica de la Dolorosa pasó a España con Carlos V. Son numerosas las pinturas de esta advocación, tema central de los retablos marianos y particularmente de los pasionarios15]

En 1519, el fraile mercedario Bartolomé de Olmedo, que acompañaba a Hernán Cortés, erige en San Juan de Ulúa el primer altar en el continente americano, con el fin de celebrar la misa de Viernes Santo y para recordar los Dolores de la Virgen, que también se conmemoraba ese día, Una vez consumada la conquista, comienza la evangelización y se introduce así la veneración a las imágenes dolientes, con lo que se gestan costumbres y tradiciones de claro origen español a las que, al ser adaptadas en la Nueva España, se les imprimen características propias.

Desde la segunda mitad del siglo XVII, el padre José Vidal S.J promueve en la capital y gran parte de la Nueva España la devoción a la Virgen María bajo la advocación de virgen de los Dolores, que antes se invocaba con el título de la Soledad, pero cuyo culto no estaba muy extendido[16]

También se produjeron esculturas y relieves, algunas veces tallados en maderas, que después se estofaban y doraban, otras tenían caras, pies, y manos encarnadas, y el cuerpo vestido con paños encolados, costumbre frecuente en México al finalizar el siglo XVIII. Algo más tarde se inició la costumbre de vestir las imágenes de la Dolorosa con tela sin aderezo, generalmente de terciopelo o raso, bordadas con hilo de oro y plata[17]

Innumerables milagros se le atribuyen a la virgen de Dolores. El señor Presbítero D. Agustín de la Cueva promovió su coronación, la cual se realizó el 15 de septiembre de 1924 por el arzobispo de Puebla, Pedro Vera y Zuria, en nombre del sumo Pontífice Pio XI. La corona fabricada por D. Luis Albarrán  está llena de brillantes, perlas y granates. En la parte de en medio tiene una artística águila.

Entre los acordes de la música de Huixcolotla y una lluvia de crisantemos, jazmines y arcos preparados por la Asociación de la Vela del Santísimo Sacramento y del Apostolado de la Oración, así como vecinos y gentes de pueblos comarcanos y regiones lejanas que se dieron cita en el atrio de la parroquia para presenciar la coronación de la santísima. Los devotos cantos, el repique de campanas, los acordes de la música y el murmullo de los gemidos y oraciones esparcían en el ambiente ondas de piedad y oración[18].

En un escenario de oración y religiosidad los feligreses recordaron los dolores de la Santísima Virgen. El Pbro. D. José Rubio decía:

“que el sufrimiento es compañero inseparable de su destierro, y porque Jesucristo nos dio por madre a la virgen santísima cuando la espada más lacerante punzaba su alma, cumpliéndose la profecía de Simeón: aquel amado discípulo que en ese momento la acogió como suya, representaba a todos los discípulos del Crucificado, quienes, cargando la cruz, caminan al cielo”[19].

Actualmente en Acatzingo, la conmemoración religiosa más importante sigue siendo la dedicada a la virgen de los Dolores. El culto se manifiesta con una serie de festividades: el jueves de Dolores, la sacan de su trono de metal y argento y la ponen en el barandal que divide el presbiterio del canon de la capilla. Durante la ceremonia es sostenida por dos sacerdotes de cada lado, para que los fieles católicos del pueblo se acerquen a besar la imagen. De igual manera el 15 de septiembre la ceremonia es para quienes la visitan de fuera. La fiesta inicia con la ceremonia del beso a la virgen, para culminar en la madrugada; entonces la imagen de la virgen es sacada de sus aposentos para recorrer (14 kilómetros) las principales calles de la población adornadas con alfombras, elaboradas por los vecinos y diseñadas con motivos y decoradas con aserrín, flores, dulces, globos, semillas, frutas y verduras, entre otros. Todo enriquecido con juegos pirotécnicos, cantos y música de diversos géneros.

Para finalizar es preciso destacar que el culto a las imágenes novohispanas ha sido poco utilizado como fuente para reinterpretar la historia virreinal en los municipios de México. Quizá porque su origen religioso causa controversia entre algunos estudiosos. Sin embargo, el culto popular a un santo es de gran utilidad para conocer el sincretismo religioso que se produjo entre lo español y lo indígena por más de 400 años. La celebración en Acatzingo es el testimonio de una forma de percibir el encuentro de ambos mundos.


*Cronista del municipio de Acatzingo. Integrante del Consejo de la Crónica del Estado de Puebla.

NOTAS:

[1] La casa real de Francia tuvo especial devoción por María en su misterio de dolor y fue introducida a España por Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia y Catalina de Medici que contrajo matrimonio con Felipe II de España.

[2] Juan Correa fue uno de los principales exponentes de esta imagen, prueba de ello es la decoración de Nuestra Señora de los Dolores en el convento de San Luis Potosí.

[3] Se cuenta que la virgen de los Dolores fue hallada por una posadera en el arcón de un viajero, que nunca volvió a buscarla. Del rostro de la virgen emanaban gotas de agua por lo que fue trasladada a la iglesia Parroquial. La posadera queriendo conservar la imagen en su casa, la tomo del altar donde estaba colocada pero al verse descubierta la arrojo a la fuente, se dice que las aguas se abrieron para no mojar la imagen, lo que es considerado un prodigio divino.

[4] D. Pedro Vera y Zuria (1929), Carta a mis seminaristas. En la primera visita pastoral a la arquidiócesis, Barcelona, Luis Gili, p. 12.

[5] Tomas Calvo (1973) Acatzingo, demografía de una parroquia mexicana, México, INAH, Colección científica 6, p. 18.

[6]Item.

[7] Jesús Pérez Morera (2012) Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Vol. XXIV, Núm. 100, ‘”Formas y Expresiones de la platería barroca poblana”, Islas Canarias, p. 123.

[8] Pintor italiano, llamado Giovanni Battista Salvi (1609- 1685), quien tomo el nombre de la población donde nació, fue discípulo de su padre, Tarquino Salvi y trabajo durante la mayor parte de su vida artística en Roma. Pronto comenzó a tener encargos de órdenes religiosas, quienes vieron en su arte una perfecta adecuación a lo dispuesto en el Concilio de Trento respecto a las imágenes sagradas. Pinto varias Dolorosas, inspirado más en la belleza que cautiva que en el sentimiento religioso.

[9] Marco Díaz (2006) Retablos Salomónicos en Puebla, FCE, México, p. 107.

[10]Ibid, p. 106.

[11] D. Pedro Vera y Zuria, Op. Cit, p. 367.

[12] Raffaele Moro Romero (2012) Una práctica poco visible la demanda de limosnas indígenas en la Nueva España del siglo XVIII, México,  Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, p. 117.

[13] Ibid, p. 118.

[14] Reina Cedillo Vargas, “El altar de los Dolores” en Arqueología Mexicana, Vol. XV, Núm. 90, México, 2008, p. 19

[15] Item.

[16] Francisco Sedano (1880), Noticias de México, México, Imprenta de J.R Barbadillo, p. 281-

[17] Item.

[18] D. Pedro Vera, Op Cit, p. 366.

[19]Ibid, p. 368.

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