Ausencio Alba Hernández*
Existió
un hombre muy perezoso, por eso nada tenía. Se hizo yerno de un señor
acostumbrado a trabajar y que tenía bienes. El hombre perezoso no tenía buena
casa. A una chocita de basura llevó a vivir a su mujer. Su suegro los mantenía. Un día
dijo el señor a su hija: “Dile a tu marido que desmonte, le daré la semilla de
maíz que vaya a sembrar”.
La mujer le dijo a su marido: “Me
dice mi papá que desmontes. Te dará la semilla de maíz que vayas a sembrar”.
“Está bien, voy a desmontar”, dijo
el hombre.
Se fue al bosque el hombre,
llevándose un mecate. Llegó debajo de un árbol, colgó el mecate y empezó a
mecerse. Al otro día lo mismo. Así pasaron varios días. Una vez le dijo a su mujer: “dile a tu papá que me mande la
semilla de maíz, voy a sembrar”.
La mujer fue por el maíz y se lo
entregó a su marido. El hombre llevó el maíz al bosque, le abrió un solo hoyo y
lo enterró.
Al llegar el tiempo de la escarda,
el hombre manifestó a su mujer: “me voy a escardar”. De nuevo el hombre iba
sólo a mecerse diariamente.
Pasados algunos días, informó a su
mujer que ya había terminado de escardar.
Cuando empezó a haber elotes, la mujer le dijo a su marido: “llévame a nuestra milpa a cortar algunos elotes”.
El hombre perezoso llevó a su mujer a una milpa ajena. Al
llegar le dijo: “corta los elotes. Yo voy a ver de aquel lado”.
El hombre huyó; su mujer estaba
desesperada de que él no llegaba. Finalmente llegó el dueño de la milpa.
“¿Por qué cortas mis elotes?”, le
dijo el dueño de la milpa a la mujer.
“Mi marido me dijo que aquí está la
milpa de él”, expresó la mujer.
“Vamos para mostrarte el lugar donde
sembró tu marido” propuso el dueño de la milpa.
Llegaron a donde había enterrado el
hombre perezoso el maíz; en un solo montón había nacido la milpa.
La mujer comenzó a llorar. El dueño
de la milpa le dijo: “no llores; llévate los elotes que has cortado”.
La mujer dio las gracias. Se fue llorando,
cargando los elotes. Ya no llegó a la casa de su marido, se fue directamente a
la casa de su padre.
El hombre se quedó en el bosque,
acostado boca arriba en un lugar descubierto. Cuando vio acercarse a un
zopilote le dijo:
“Dame tus alas, zopilote. Yo te doy
a mi mujer”.
El zopilote se arregló con el
hombre, haciendo el cambio. El hombre se volvió zopilote, y el zopilote se
convirtió en hombre.
Después de varios días, el hombre,
que era zopilote, llegó a la casa de su suegro y expresó:
“Perdónenme por haberlos engañado.
Permítame usted, suegro mío, llevarme a mi esposa. Ahora voy a trabajar,
cambiaré mi modo de ser”.
El padre de la mujer expuso: “si en
realidad trabajarás… llévate a mi hija. De lo contrario, te la quitaré para
siempre”.
Llegando a su casa, el hombre le
dijo a su mujer: “mañana comenzaremos el desmonte, ocuparé a otros, irás a darles
de comer. Los peones llevarán su bastimento”.
Al otro día temprano se fue el
hombre a trabajar. Ocupó a todas las aves que por ahí vivían para que lo
ayudaran a rozar. Las aves se convirtieron en hombres y empezaron a desmontar.
Cuando llegó la mujer al bosque con la comida, se admiró de la gran cantidad de
hombres que trabajaban.
Muchos días trabajaron, rozaron
siete colinas y siete cañadas.
Terminando el desmonte, el hombre le
pidió prestada a su suegro mucha semilla de maíz para sembrar. Lo invitó a que
fuera a presenciar la roza cuando se quemara. Le hizo un estrado de troncos en
un lugar prominente y ahí lo subió. Lo ayudaron sus peones a encender al mismo
tiempo el desmonte. Se elevaron mucho las llamas, envolvieron al suegro y ahí
se consumió, convirtiéndose en cenizas.
Buscaron los restos del señor y ya
no los encontraron. La suegra y su hija anduvieron llorando entre los troncos.
El hombre llamó a sus peones y
comenzaron a sembrar. Cuando se agotó el maíz, ya no sabían qué sembrar. El
hombre se puso a pensar. Finalmente les dijo a sus peones:
“Sembremos nuestra saliva”. Y
empezaron a sembrar su saliva. Pronto se les resecó la boca. “Se nos acabó la
saliva”, dijeron los peones.
“Escarbémonos las encías y sembremos nuestra sangre”,
propuso el patrón. Principiaron a sembrar su sangre. Al rato ya no aguantaban
el ardor de la boca.
El hombre nuevamente se puso a pensar en la manera de
acabar la siembra. Por último, inesperadamente expresó: “ahora sembremos
carbón, hasta terminar”. Y así fue como acabaron de sembrar.
Al llegar la época de escardar, otra vez se juntaron los
peones y escardaron.
En donde cayeron las cenizas del señor nacieron unas
plantas que nadie conocía.
En donde cayó la cabeza se dieron las calabazas. En donde
se regaron los dedos se produjeron los ejotes.
En el lugar en el que cayeron las lágrimas de las mujeres, en los
troncos de los árboles, nacieron unos honguitos como bolitas, llamados
llorones.
Sólo el maíz amarillo existía antes, pero en donde
sembraron la saliva se dio el maíz blanco. En donde sembraron la sangre se
produjo el maíz rojo y en donde sembraron el carbón se dio el maíz azul.
Un día fueron a traer elotes el hombre y su mujer. La mujer
se enojó al ver que los pájaros comían mucho elote. Los espantó y todos se
fueron. El hombre se afligió y le dijo: “¿por qué los espantaste? ¡Ellos fueron
los que trabajaron!, ¿quiénes nos ayudarán a cosechar?”
El hombre ya no pudo recoger la cosecha. Los que vivían
cerca cosecharon todo lo que pudieron. Mucho trabajo se perdió ahí.
Así se extendió la variedad del maíz por muchas partes.
*Profesor de educación primaria del municipio de Zoquitlán, ganador del Primer concurso de cuento en lengua náhuatl convocado por la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla. Tomado del libro Antología del cuento náhuatl. Gobierno del Estado de Puebla 1994.
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