Amelia Domínguez Mendoza*
El Día de Muertos o de Todos Santos, se celebra en
todo el país y particularmente en las poblaciones del estado de Puebla en una
combinación sincrética de elementos religiosos y de la concepción popular. El
municipio de Xochitlán de Vicente Suárez, ubicado en la parte nororiental de la
Sierra Norte, cuya cabecera municipal tiene una población de alrededor de 3 mil
habitantes, 90 por ciento indígena de habla náhuatl, ha conservado esta
tradición durante generaciones. Sus habitantes dedican varios días a esta
celebración, del 28 de octubre al 2 de noviembre, no obstante, los preparativos
se realizan con mucha anticipación, pues se invierten muchos recursos para
llevar a cabo el festejo para los familiares difuntos, tanto en los alimentos que
se preparan para la ofrenda, como en flores, velas, veladoras, incienso y otros
elementos de ornato para el altar de muertos que se coloca al interior de las
casas.
Las
ofrendas tienen un papel fundamental dentro de la organización religiosa
tradicional, debido a que todo el periodo de la fiesta de muertos se realiza
alrededor de la ofrenda, que se va a colocar en el altar familiar, que es “la
representación micro de todas las fuerzas cosmogónicas del mundo indígena y
cristiano” (Juárez 1999: 120-129) en él confluyen imágenes y objetos rituales
que representan la devoción a los santos a cuya protección se acogen los
pobladores.
En
el altar se colocan todos los alimentos, en cuya variedad no sólo están los
platillos de temporada, sino también los cotidianos, como frijoles, tortillas,
platos con sal y chiles verdes. No puede faltar el aguardiente o alcohol de
caña, bebida ritual más importante dentro de la tradición nahua, también
considerado como la bebida predilecta de los indígenas difuntos. Otras bebidas
que se suelen colocar en el altar es el café negro y el atole o chocolate,
junto con los tamales, mole, pan, fruta y un vaso con agua. Cabe destacar que el
agua tiene un significado muy
importante, pues viene desde la época prehispánica cuando “le ponían entre los
vestidos un jarro de agua para que bebiese en el camino a la otra vida…” (Rovelo
1980, 182-183).
Otros
elementos que se colocan en el altar son los retratos del o los finados, los instrumentos
de labor que utilizó en vida, prendas de vestir u objetos apreciados de su
ajuar; si se trata de niños se colocan sus juguetes.
Los altares van enmarcados al
frente por dos palos verticales en los extremos llamados xochiquáhuitl y
uno horizontal encima de los anteriores llamado xochihuepan, los cuales
van adornados con flores de cempoalxóchitl y otras flores locales. Los
altares encierran el espacio donde están las imágenes de los santos y los
objetos del difunto que evocan la venida del ánima. Para darles la bienvenida
se hacen veredas con pétalos de cempoalxóchitl que indican el camino que
han de seguir para llegar al altar doméstico. Estos caminos son notables en su
extensión pues atraviesan los solares hasta las plantaciones de café y pueden
alcanzar distancias mayores a los diez metros.
Para entender las concepciones
del origen prehispánico sobre las costumbres de los días de muertos que
conservan los indígenas contemporáneos, Paul Westheim (1985: 41-44) señala que
la ofrenda tiene como finalidad complacer a los difuntos que se encuentran
solos en el más allá, sentenciándolos a que después de que se hayan agasajado
de la ofrenda de la familia, no regresen a molestar a sus familiares, o en su
defecto, no les provoquen una enfermedad.
“La ofrenda de muertos es un
ritual de comensalidad y de intercambio de dones con los antepasados, quienes
van a procurar interceder por sus familiares en el otro mundo y proteger a los
vivos” (Juárez 1995: 144-147). Tiene la función de intermediar entre los
hombres y las divinidades, representan el intercambio de dones, “está asociada
a destinatarios de diferente naturaleza según las peticiones… Implica pues
formas de súplicas y de ofrendas diferentes entre sí” (Signorini y Lupo 1989:
90).
Durante todo el periodo
ritual, del 28 de octubre al 2 de noviembre, en la población se escuchan los
estruendos de los cohetes, en particular durante la noche, acción que le aporta
un aspecto festivo y simbólico cuya finalidad se hace patente el día 2, cuando
se queman los últimos cohetes para ahuyentar a las ánimas que aún anden vagando
por los caminos.
El día 28 de octubre se lleva
a cabo una misa por los que murieron en accidente; el 29 se recibe a quienes
murieron ahogados o quemados; el 30 se celebra una misa a quienes sufrieron
muerte violenta y a las ánimas solas, que no tienen familiares que los reciban;
el día 31 se celebra una misa a los santos inocentes, a niños bautizados y no bautizados.
Pero los rituales no sólo se
realizan dentro de las casas en esos días, pues en el panteón, el día primero
de noviembre, generalmente se realiza una misa nocturna dentro de la capilla de
éste dedicada a los fieles difuntos. La mayoría de la gente aguarda en los
alrededores para escuchar la misa. El recinto se encuentra iluminado por la luz
de las velas. El panteón se localiza en la orilla noreste del pueblo, a la
entrada, por el camino que viene de Zacapoaxtla. Las tumbas se pintan y
arreglan con flores de cempoalxóchitl, alcatraces, violetas y ramos de la palma
de tepecin y algunas veladoras. A diferencia de otras regiones de
Puebla, en Xochitlán no se ponen ofrendas en las tumbas, debido al clima
lluvioso, por lo que el espacio de la ofrenda se reduce a los altares
familiares. Pese a la lluvia, los indígenas acostumbran velar con mayor
frecuencia que los mestizos en los panteones.
Es frecuente que durante las
velaciones nocturnas asista al panteón un grupo de huapangueros de la
localidad, para alegrar a los familiares de los difuntos con sus sones
tradicionales, cantados en lengua indígena o español.
Según la tradición, el
simbolismo de los colores de las cruces colocadas en los entierros señala la
distinción entre los difuntos; por ejemplo, las cruces verdes son para los
niños no mayores de 12 años; las azules están dedicadas a los jóvenes; las blancas
son para los adultos que pueden estar casados y/o con niños e incluye a las
mujeres embarazadas; las cruces cafés son para los viudos y viudas; y por
último, las negras son para los ancianos. Hay también cruces de hierro, pero
éstas por su costo corresponden a las familias con recursos.
Respecto a las creencias de
los habitantes sobre el destino de las almas, se menciona que las almas de los
niños se van al limbo; las de las personas que hicieron algún daño en la vida,
parten al inframundo; las almas de quienes hicieron buenos actos irán al cielo;
y aquellos que no creyeron en los santos y a quienes nadie recuerda, vagan en
el campo y de ellas se pueden esperar algunas travesuras o espantos.
El último día de celebración a los muertos, el 2 de noviembre, se realiza la misa a las doce del día, en la cual durante la homilía el padre hace alusión a la importancia de estos preparativos para recibir a los santos difuntos de la familia. En este último día se reparten las ofrendas entre los familiares y allegados. A las 8 de la noche los familiares de la última persona que haya muerto en la comunidad (se establece un límite menor a un año), realiza una procesión hacia el panteón. Ya en la tumba, le rezan y se le acompaña durante un lapso en que los familiares dialogan con el alma del difunto y otras sólo lo recuerdan. Antes de las 12 de la noche ya no quedarán rastros de la ofrenda y al día siguiente la gente de la comunidad empezará los preparativos para la siguiente fiesta religiosa, que es la celebración a la virgen de Guadalupe el 12 de diciembre.
*Antropóloga social por la UAM-Iztapalapa,
escritora, autora de diversos libros de cuento y novela, y periodista cultural.
Editora de las revistas Cuetlaxcoapan y Poblanidades.
Referencias bibliográficas
Juárez Cao Romero, Alexis (1999) Catolicismo popular y fiesta, sistema festivo y vida religiosa de un pueblo indígena del estado de Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. México.
Robelo, Cecilio (1980). Diccionario de mitología náhuatl, tomos I-II. Editorial Innovación. México.
Signorini Ítalo y Alessandro Lupo (1989). Los tres ejes de la vida, Universidad Veracruzana, Xalapa, México.
Westheim, Paul (1985). La Calavera, FCE-SEP, colección Lecturas
Mexicanas. México.


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